martes, 22 de abril de 2014

El metrónomo



No sé cuánto tiempo llevo aquí. Lo único que puedo hacer para distraerme es escuchar.
Veinticinco-dieciséis. Inhalo no aire, sino el tiempo y vida mientras las gotas de sudor resbalan. Las gotas caen, tienen un eco rítmico provocado por la forma de la pared. Abro mis párpados,  al abrirlos siguen cerrados y cubiertos por la bruma negra. Quiero detenerme, prolongar la existencia del oxígeno que ya se acaba. Veintiocho dieciséis. Rítmico/polirrítmico, como si ser ecos —apenas perceptibles— les cediera divinidad. Veinticinco-dieciséis. Pared irregular, una que permite que el sonido se comporte de esa forma. Un paso de una vez, y esperar que no rompa el ritmo que llevo hasta ahora. Esencial saberlo, nuevamente: no agotar el oxígeno para seguir vivo. Tengo que hacerlo, pasar al acto ahora o de lo contrario nunca lo haré. Veintiocho-dieciséis. Gatear agachándose, el gas permanece en la parte inferior de la superficie. Seis-dieciséis. Llegar a la pared. Veinte-dieciséis. Las sílabas coinciden con el golpe de las gotas en el suelo. Metrónomo psíquico, que me acompaña al chocar con la pared. Doce-dieciséis. Buscar en vano algo que me libere. Seis-dieciséis. No encuentro nada. Todo eco calla.

lunes, 31 de marzo de 2014

Loop




Adrián pasa la máquina por la sien. Los detalles se arreglan con una tijera. La tijera se atora en uno de los aretes y abre una herida en la parte superior de una de las orejas. Enrique se sacude la cabeza. De la cabeza cae una pulga que se pierde entre el cabello tirado en el suelo.
El estilista barre los montones de pelo y los mete en bolsas de plástico. Mete las bolsas en una caja de cartón y sale a dejarlas en la esquina de la cuadra. Cuando cierra el negocio cuelga la chaqueta que Enrique olvidó.
Pedro jala un televisor de la pila de basura. Caen algunas cajas, entre las que está la caja con las bolsas de cabello. Su cabeza está llena de tierra y mugre. La pulga cae sobre el muchacho y se le pega. Él se levanta, no se da cuenta del bicho y decide llevar el televisor con un amigo para cambiarlo por un par de billetes.
Está en un restaurante comiendo con el dinero que le dieron por el aparato. La mesera tarda demasiado y su cabeza pica. Él se rasca con una servilleta, vuelve a dejarla en donde la tomó. Cuando llega la mesera come todo cuanto puede, sin detenerse a disfrutar del sabor de la comida.
Polo entra en un restaurant. Se sienta y pide un café. Está resfriado, así que se suena la nariz. La pulga se muda al bigote de Polo y se esconde en la barba.
Polo está cagando. Se rasca la mejilla y la pulga cae del rostro a la ingle. Se acomoda en el vello púbico y se esconde cuando Polo entra en la ducha. La pulga sobrevive, a pesar de la cantidad de acondicionador que Polo se pone para preparar su encuentro con Mariana.
Sudan y la fricción derriba al animal, que cambia de anfitrión. Mariana, una vez en la ducha, decide no rasurarse. Polo le dijo que ella se ve más guapa así, más natural.
Ernesto lame el clítoris de Mariana y ella juega con el cabello de Ernesto. Lo extiende, le llega del pubis al ombligo. La lengua de Ernesto entra y cuando Mariana se contrae, la pulga salta al cabello de Ernesto.
Ernesto llega a casa con un reporte de la escuela. Su madre lo obliga a acompañarla y lo sienta en uno de los sillones. La alarma del auto suena y la madre de Ernesto sale a ver qué ocurre. Ernesto toma una chaqueta que está en el perchero y se la prueba. Intenta meterla en su mochila, pero no cabe. La mujer regresa y él, disimulando, deja la chaqueta en su lugar.  Adrián lo llama, es su turno de cortarse el cabello.

jueves, 27 de marzo de 2014

Descontento



Recorres el bulevar en tu camioneta, sin un destino claro y sin autos que se pongan en tu paso. Es de madrugada y las sombras del insomnio te acosaron hasta que tuviste que vestirte para huir de ellas. Los alcoholímetros te detienen, pero ante tu aspecto, serio y propio de quien eres, no les queda duda de que te tienen que dejar ir. Ni aunque estuvieras ebrio hasta la médula te podrían arrestar, tu nombre es bien conocido y al pedir tu identificación se sentirían intimidados. Subes a una prostituta joven a tu vehículo y sales de esa zona marginal, pues aunque te apetece salir de tu ambiente, no estás dispuesto a dejar que alguien dañe tu auto. Llegas a un sitio más habitable y te detienes en un motel. Suben hasta el cuarto que alquilaste por un billete de baja denominación. La botella de alcohol barato y el paquete de cigarrillos sin filtro ya casi se terminan. Te ves en el espejo, tu barba crecida y tu piel gris y arrugada te hacen darte cuenta  de que el tedio te ha acabado. Apestas a sexo y decides abandonar ese baño de pueblo al que te sometiste.  Le pagas a la mujer, que se está vistiendo, y crees reconocer su rostro. Lo habías visto antes, pero dónde.  Su espalda está tatuada con una frase, Er will das Leben. Conduces de regreso, comienza a amanecer y ves por el retrovisor grupos de indigentes que recolectan latas de los botes de basura. Siempre les has tenido desprecio; inmóviles, miserables e, irónicamente, ingeniosos y estables. Todos tienen la misma historia: tomaron malas decisiones.
Mañana darás la orden para desalojarlos.
Tu puesto tiene muchas ventajas. No sólo puedes conseguir cualquier arma, sino que también tienes un subordinado que se encarga de cobrar a los traficantes que operan en la ciudad, reservando los productos de mayor pureza para ti. Ya no te producen la más mínima emoción, simplemente te sacan del sopor crónico en el que te encuentras.
La próxima semana tienes una cita con un amigo tuyo encargado de aprobar leyes. Tú le ayudaste a llegar a donde está, así que, como recompensa, te dejará elegir  un edicto para proponerlo en la cámara. Entras a tu casa y al recostarte comienzas a pensar en algo que darle, algo ingenioso que sea capaz de redimirte, o que termine de condenarte y que, sin embargo, las personas aplaudan.
Observas la fotografía de tu padre, se encuentra en el salón más íntimo de tu casa. En la foto aparece junto a un cardenal en alguna iglesia de un país que nunca te interesó conocer. La iglesia prohíbe todos los goces que tiene la vida, a pesar de vivir en ellos; los aborrece y los rechaza, y aun así, las masas la buscan y la necesitan. También así con todo lo que las hunde: los espectáculos vacíos, las pequeñas e inútiles satisfacciones y la negación de toda responsabilidad. Y yo mismo soy un producto de ello, yo mismo padezco esos vicios y no puedo excusarme, pues estoy consciente de ellos y aun así los glorifico. Los breves momentos de lucidez siempre son devorados por el instinto. En realidad no soy muy distinto a la señora que, vistiendo un rebozo, dice no a liberarse y niega llegar más allá de su miseria, ni tampoco lo soy del adolescente que cree encontrar a Dios en el cartón de cervezas. Esas personas son las que abrazan la mediocridad. La única diferencia es que carezco de miramientos y tengo la oportunidad de hacer lo que quiera.
Buscas sin cesar el punto en el que viste a la mesalina por primera vez. Sin embargo no fue donde la recogiste, eso lo tienes seguro.
Muchachos, unos con sombreros jamaiquinos y otros vestidos con camisetas negras, inhalan el contenido de una bolsa debajo de un árbol. Aquí no es. Empleados de una secundaria beben mientras hacen el aseo. Aquí tampoco.  Mientras pasas frente a una tienda departamental, la ves, fumando junto a dos individuos que, como ella, están uniformados. Se encuentran recargados en la puerta trasera del negocio. Sus gestos no expresan ninguna emoción más allá de la sosaina indiferencia, como quien busca el sentido de algo y, tras intentar e intentar, se resigna y acepta su situación. Aceleras y te alejas de ahí.
Coordinas la supresión de un grupo de manifestantes, con el teléfono en el oído y la mirada en la pantalla, que transmite en vivo la escena. Saben que no tienen oportunidad y aun así insisten, se hallan todo el tiempo en descontento ¿qué los distingue de una persona normal? ¿Cómo podría hacerles daño de verdad? ¿Cómo hundir más en la miseria a quien lucha contra ésta?
En la pantalla alcanzas a distinguir a uno de los individuos que se encontraban fumando con la mujer en el supermercado. Tu pregunta ha sido respondida.

El gobierno de la ciudad declara ilegal el suicidio. Millones de personas estallan en llanto, todos los suicidas pasarán el resto de su muerte tras las rejas.

jueves, 13 de marzo de 2014

La mosca




Acaricias tu escritorio con las puntas de los dedos. Sentado, dándote la espalda, miro a través de la ventana. Golpeo mi pierna derecha con el pulgar. Éste se detiene sobre el muslo con la precisión de un metrónomo,  y se mezcla con el sonido, la mayoría de las veces imperceptible, que sólo se escucha al guardar silencio y pasar saliva.
Todas mis amigas me dicen que tengo los sentidos y los gustos desordenados, que disfruto exactamente lo que no debería, que lo podrido es mucho mejor que lo fresco. Un hombre duerme a dos filas de distancia. Su rostro se recarga sobre su mano. Me fijo en sus labios, hundidos en su mejilla. Están rojos y ligeramente resecos. Vuelo hacia ellos, me detengo en la nariz y me alejo cuando me ataca con un cuaderno.
Su cuaderno se escapa de sus manos y sale volando. No me doy cuenta de ello sino hasta que me golpea. La sorpresa me hace tirar mi lápiz al suelo. Adrián lo levanta y me lo extiende. Un tanto molesta recojo la libreta y la devuelvo. Ese sujeto, el que estaba dormido, regresa a su estado anterior. Desaparece y deja de ser otra cosa más que parte del paisaje. Dentro de este edificio sólo existimos Adrián y yo. Los demás, el supervisor y los otros presentes, son meros ornamentos.
Aterrizo en el escritorio. Un gordo ríe. La risa hace que una migaja húmeda caiga de su boca. Me sacuden con la mano derecha y vuelo hacia los restos de comida.

Te sigo observando, pero con mayor discreción que antes. Ya te diste cuenta de que mi cabeza gira hacia ti cada pocos minutos. Saco un espejo de mi bolsillo y finjo limpiarlo. Lo acomodo en un ángulo que me permite apreciar tu reflejo en él.
Chupo la mayonesa. Me pregunto si el gordo sabe igual que ella.  Me detengo sobre sus dedos y comparo. El gordo tiene las manos aún más húmedas y saladas que la comida que se escapó con la carcajada.
Adrián limpia un espejo con la manga de su camisa. Me gusta que lo haga porque así puedo ver su cara. Su uniforme negro, ya casi gris por los años, me resulta mucho más conocido que su rostro, que en cuanto hace contacto visual conmigo se esconde. No es que me guste, sino que su persona, ausente y abstraída, despierta cierta curiosidad en mí.
Nuevamente emprendo el vuelo, pero ahora sin un objetivo. Ya no tengo hambre, así que giro por el salón en búsqueda de la cabeza que huela mejor. Paso sobre todas. Los distraídos me observan, sus miradas me inquietan. Sé que ellos serían los primeros en lanzar otro manotazo.

El cemento omnipresente, los rayos de luz que se filtran a través de los pocos árboles y las ardillas al pie de éstos.  La calma sin vacío, llena de ecos, hace que aprecie mejor la manera en que las hojas caídas se mueven por el viento. La manera en la que, de éstas, cae el rocío de la mañana y el vapor de mi aliento humedece el vidrio sobre el que recargo la frente. Tú, a unos centímetros de mi cuello a pesar de estar a metros de distancia.
Me detengo sobre la cabeza de una chica castaña. Huele como el pastel que desayuné. Descanso ahí durante un rato. Froto mis patas delanteras y la chica sacude la cabeza. Decido salir de aquí y me estrello contra un vidrio. El vidrio nunca esta, solamente aparece cuando creo que no podría detenerme. Vuelvo a intentarlo y fracaso de nuevo. De repente estoy en la oscuridad. Una mano me lleva hasta un recipiente que se sella.
Siento un leve hormigueo en la cabeza. La agito, era una mosca. Adrián se pone de pie mientras el supervisor revisa unos papeles en su escritorio. Rodea la mosca con sus manos y la tira al suelo. Escucho su zapato dando un pisotón. Antes de sentarse me sonríe una vez más. Lo hago también.
Ha pasado mucho tiempo. Estoy en un sitio oscuro, todo se mueve y se agita a mí alrededor. Tras un rato, la mano que me atrapó me saca. Me toma con una de las manos y me lleva a su boca. Los dientes se acercan, pero antes de que me aplasten, lo hace su lengua contra el paladar.

Tú, tan bella, y un insecto sobre ti. Finjo aplastarlo para no levantar sospechas y lo meto en un recipiente.  Lo llevo a casa y una vez ahí lo tomo con las puntas de los dedos, lo huelo y lo meto a mi boca.