Recorres el
bulevar en tu camioneta, sin un destino claro y sin autos que se pongan en tu paso.
Es de madrugada y las sombras del insomnio te acosaron hasta que tuviste que
vestirte para huir de ellas. Los alcoholímetros te detienen, pero ante tu
aspecto, serio y propio de quien eres, no les queda duda de que te tienen que
dejar ir. Ni aunque estuvieras ebrio hasta la médula te podrían arrestar, tu
nombre es bien conocido y al pedir tu identificación se sentirían intimidados. Subes a una prostituta joven a tu vehículo y sales de esa zona marginal,
pues aunque te apetece salir de tu ambiente, no estás dispuesto a dejar que
alguien dañe tu auto. Llegas a un sitio más habitable y te detienes en un
motel. Suben hasta el cuarto que alquilaste por un billete de baja
denominación. La botella de alcohol barato y el paquete de cigarrillos sin filtro ya
casi se terminan. Te ves en el espejo, tu barba crecida y tu piel gris y
arrugada te hacen darte cuenta de que el
tedio te ha acabado. Apestas a sexo y decides abandonar ese baño de pueblo al que te sometiste. Le pagas a la mujer, que se está vistiendo, y
crees reconocer su rostro. Lo habías visto antes, pero dónde. Su espalda está tatuada con una frase, Er will das Leben. Conduces de regreso, comienza a amanecer y ves por el retrovisor grupos
de indigentes que recolectan latas de los botes de basura. Siempre les has
tenido desprecio; inmóviles, miserables e, irónicamente, ingeniosos y estables.
Todos tienen la misma historia: tomaron malas decisiones.
Mañana darás la orden para desalojarlos.
Tu puesto tiene muchas ventajas. No sólo puedes conseguir cualquier arma,
sino que también tienes un subordinado que se encarga de cobrar a los
traficantes que operan en la ciudad, reservando los productos de mayor pureza
para ti. Ya no te producen la más mínima emoción, simplemente te sacan del
sopor crónico en el que te encuentras.
La próxima semana tienes una cita con un amigo tuyo encargado de aprobar
leyes. Tú le ayudaste a llegar a donde está, así que, como recompensa, te
dejará elegir un edicto para proponerlo
en la cámara. Entras a tu casa y al recostarte comienzas a pensar en algo que
darle, algo ingenioso que sea capaz de redimirte, o que termine de condenarte y
que, sin embargo, las personas aplaudan.
Observas la fotografía de tu padre, se encuentra en el salón más íntimo
de tu casa. En la foto aparece junto a un cardenal en alguna iglesia de un país
que nunca te interesó conocer. La iglesia
prohíbe todos los goces que tiene la vida, a pesar de vivir en ellos; los
aborrece y los rechaza, y aun así, las masas la buscan y la necesitan. También
así con todo lo que las hunde: los espectáculos vacíos, las pequeñas e inútiles
satisfacciones y la negación de toda responsabilidad. Y yo mismo soy un
producto de ello, yo mismo padezco esos vicios y no puedo excusarme, pues estoy
consciente de ellos y aun así los glorifico. Los breves momentos de lucidez
siempre son devorados por el instinto. En realidad no soy muy distinto a la
señora que, vistiendo un rebozo, dice no a liberarse y niega llegar más allá de
su miseria, ni tampoco lo soy del adolescente que cree encontrar a Dios en el
cartón de cervezas. Esas personas son las que abrazan la mediocridad. La única
diferencia es que carezco de miramientos y tengo la oportunidad de hacer lo que
quiera.
Buscas sin cesar el punto en el que viste a la mesalina por primera vez. Sin
embargo no fue donde la recogiste, eso lo tienes seguro.
Muchachos, unos con sombreros jamaiquinos y otros vestidos con camisetas
negras, inhalan el contenido de una bolsa debajo de un árbol. Aquí no es. Empleados de una secundaria
beben mientras hacen el aseo. Aquí
tampoco. Mientras pasas frente a una
tienda departamental, la ves, fumando junto a dos individuos que, como ella,
están uniformados. Se encuentran recargados en la puerta trasera del negocio.
Sus gestos no expresan ninguna emoción más allá de la sosaina indiferencia,
como quien busca el sentido de algo y, tras intentar e intentar, se resigna y
acepta su situación. Aceleras y te alejas de ahí.
Coordinas la supresión de un grupo de manifestantes, con el teléfono en
el oído y la mirada en la pantalla, que transmite en vivo la escena. Saben que no tienen oportunidad y aun así insisten,
se hallan todo el tiempo en descontento ¿qué los distingue de una persona
normal? ¿Cómo podría hacerles daño de verdad? ¿Cómo hundir más en la miseria a
quien lucha contra ésta?
En la pantalla alcanzas a distinguir a uno de los individuos que se
encontraban fumando con la mujer en el supermercado. Tu pregunta ha sido
respondida.
El gobierno de la ciudad declara ilegal el suicidio. Millones de personas
estallan en llanto, todos los suicidas pasarán el resto de su muerte tras las
rejas.
Excelente!
ResponderBorrarGracias Benjamín :)
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